"...Cuando ya se habían ido, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». Así que se levantó cuando todavía era de noche, tomó al niño y a su madre y partió para Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes. De este modo se cumplió lo que el Señor había dicho por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo»...". Mt 2, 13-14
La Palabra de Dios nos recuerda que Jesús, siendo niño, fue migrante y refugiado. José y María dejaron su tierra, su gente y sus certezas para proteger la vida que les había sido confiada. Migrar, desde una mirada cristiana, no es solo un desplazamiento geográfico; es un camino donde Dios sigue haciéndose presente y donde también nos llama a ser tierra de acogida, consuelo y esperanza. Muchas personas han llegado a esta tierra chilena buscando refugio, oportunidades y una vida digna. Esta realidad nos interpela y nos invita a mirarnos con honestidad.
¿Cuán acogedores hemos sido cuando nos encontramos con un extranjero?
¿Cómo reaccionamos frente a quien es distinto, especialmente cuando su cultura, su acento o sus costumbres nos resultan ajenos o incómodos?
Como católicos, estamos llamados a reconocer en cada migrante el rostro de Cristo que pide posada. La fe se vive en lo concreto: en la mirada que acoge, en la palabra que dignifica y en los gestos cotidianos de hospitalidad.
Reunámonos este domingo 6 de Septiembre a las 12:00 hrs a orar en el Día Nacional del Migrante y pedir para ser todos un solo pueblo de Dios.